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Los jóvenes no quieren ser votantes, quieren ser protagonistas.

En Colombia, hablar de juventud es hablar de potencial. Pero también, y lamentablemente, de exclusión. Por años, a los jóvenes se les ha exigido participación cívica bajo una lógica pasiva: votar, opinar, marchar y ya. Como si su rol terminara al marcar una casilla cada cuatro años. Como si su fuerza fuera un capital de campaña y no una energía transformadora de largo plazo.Hoy, esa lógica ha colapsado. Los jóvenes ya no quieren ser simples votantes; quieren ser protagonistas del cambio.

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Y tienen razones de sobra.


Nos dicen que no nos interesamos por la política, pero ¿qué motivación puede haber cuando el sistema parece diseñado para cerrarnos la puerta? ¿Cómo construir credibilidad en instituciones que (en muchos casos) se han convertido en fortines de clientelismo, corrupción o indiferencia? La juventud no es apática: está harta, está cansada de promesas rotas, de liderazgos vacíos y de una clase dirigente que envejece en el poder sin renovar ideas ni abrir espacios.


Aun así, los jóvenes no se han rendido, al contrario: se han reinventado. Hoy participan desde colectivos, movimientos sociales, causas ambientales, plataformas digitales, iniciativas culturales o liderazgo comunitario. Lo hacen fuera de los partidos, pero no fuera de la política. Están politizados, pero no partidizados. Y eso debería ser un llamado de atención, no una crítica.


El sistema político tradicional suele mirar con recelo a los jóvenes que se atreven a pensar distinto, nos etiquetan como ingenuos, inmaduros o rebeldes sin causa, pero ¿qué mayor madurez que querer cambiar una realidad injusta? ¿Qué mayor compromiso que alzar la voz cuando otros callan por conveniencia? Lo que molesta no es la juventud: es la irreverencia frente al statu quo.


Colombia necesita una nueva generación de liderazgo, no solo por una cuestión etaria, sino por una necesidad ética. Se requieren voces frescas que conecten con las preocupaciones reales de esta era: el cambio climático, la tecnología, la educación del futuro, la justicia social, la paz desde los territorios. Temas que muchos líderes tradicionales aún no comprenden o simplemente ignoran.


Pero el paso del activismo a la incidencia política real requiere algo más: espacios, garantías y formación. Si queremos que los jóvenes participen, debemos dejar de tratarlos como invitados y reconocerlos como actores legítimos del poder. Eso implica abrir candidaturas, incluirlos en listas competitivas, garantizar acceso a financiación, eliminar barreras burocráticas, y, sobre todo, dejar de infantilizarlos.


No se trata de entregar cuotas simbólicas ni de nombrar jóvenes en cargos menores para cumplir con la “diversidad”. Se trata de compartir el poder, de dejar que nuevas ideas entren a los espacios de decisión. Porque si no lo hacemos por convicción, nos tocará hacerlo por presión: una juventud marginada es una bomba social a punto de estallar.

El reciente crecimiento de organizaciones juveniles, redes de participación política joven y liderazgos emergentes en regiones olvidadas, como el Cauca, Chocó, Putumayo o La Guajira, demuestra que sí hay una generación decidida a dar el paso. Lo que falta es que el Estado, los partidos y los gobiernos lo permitan.


Y sí, también hay que hablar de responsabilidad, los jóvenes no pueden limitarse a criticar desde las redes sociales ni a exigir sin construir. Ser protagonista también implica prepararse, proponer, asumir el costo del liderazgo, resistir los ataques y mantenerse firmes en los principios, porque no hay transformación sin constancia.


El país necesita una juventud inconforme, pero no solo que proteste: que proponga. Una juventud valiente, pero no solo para marchar: también para gobernar, una juventud protagonista, no decorativa. Porque Colombia no se salva sin los jóvenes, y los jóvenes no se pueden salvar sin Colombia.


En tiempos de incertidumbre, apatía y polarización, que los jóvenes se atrevan a irrumpir en la política no es una amenaza. Es una esperanza.

 
 
 

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